Un dato para tomárselo en serio: las bebidas azucaradas están entre las causas más importantes de obesidad.

En nuestro país, las estadísticas hablan por su peso. En este sentido, hay que estar alertas cuando concluyen que 6 de cada 10 argentinos adultos tienen algún grado de exceso corporal, desde sobrepeso hasta obesidad franca.
¿Sabías que la obesidad fue calificada por la Organización Mundial de la Salud como una epidemia mundial? De ahí, la preocupación por combatirla, porque además de ser una enfermedad importante en sí misma, es causante de otras enfermedades como: diabetes tipo 2, hipertensión arterial, gota, enfermedad coronaria e, inclusive, algunos tipos de cáncer son padecidos por personas obesas.

Una de las razones principales comprobadas por los estudios de campo que generan esta epidemia es el consumo creciente de bebidas azucaradas.

Si consideramos que una gaseosa de 600 ml tiene entre 15 y 18 cucharaditas de té de azúcar que equivalen a 240 calorías y una botella familiar de 2 litros tiene cerca de 800 calorías estaríamos, quizá, más atentos a su ingesta. Lo que sucede es que estos “caramelos líquidos” no producen sensación de saciedad, entonces aquellos que los consumen acompañan con alimentos sólidos en cantidades semejantes para compensar y sentirse satisfechos. El resultado es una suma de calorías donde la comida y la bebida se conjugan en nuestro organismo e incrementan peso innecesario.

La evidencia científica demuestra que el consumo creciente de bebidas azucaradas es dañino para la salud.
Los datos son reveladores: el tamaño de las porciones consumidas aumentó dramáticamente en los últimos 40 años.
Si tomamos como punto de partida los años 50, una botella estándar de gaseosa era de 200 ml (1 vaso grande), luego aparecieron las de 350 ml (casi 2 vasos) y, en 1990, las botellas de plástico duplicaron su capacidad y pasaron a tener 600 ml (3 vasos).
Hoy tenemos botellas de 1,5 litros; 2,25 litros y hasta 3 litros, y por supuesto, el aumento de tamaño implica el aumento de consumo: en 1970 las calorías que aportaban estas bebidas en nuestra alimentación diaria era de un 5%, mientras que, en 2001, ya era del 10%.

Quienes se presentan como los más vulnerables a estas bebidas son los niños, quienes entre los años 2000 y 2005 incrementaron el consumo ¡al doble!

Distintas pero iguales.

Es válida la aclaración de que las bebidas azucaradas no son sólo las gaseosas regulares (tradicionales) sino también, los jugos de fruta naturales, las bebidas energizantes y las deportivas. Paradoja de estos tiempos: hacemos actividad física para estar más saludables, pero cubrimos la sed “deportiva” con estas bebidas.

Un estudio en EE.UU siguió la ingesta de 120.000 enfermeras y médicos durante 20 años. Los que tomaron diariamente 1 ½ vaso por día, aumentaron 1 kg cada 4 años. Los que tomaron diariamente una lata de gaseosa por 20 años, tuvieron 20% más riesgo de tener un ataque cardíaco y 75% más riesgo de gota.

Las personas que toman 1 lata de gaseosa azucarada por día, tienen 30% más riesgo de tener diabetes tipo 2 que las que las toman infrecuentemente. El riesgo es aún mayor en los jóvenes.
Un pronóstico alentador arrojó que los niños a los que se le redujo el consumo de bebidas con azúcar, mejoraron notablemente el peso.

Busquemos las causas en la etiqueta.

La composición de estas bebidas está endulzada con un tipo de azúcar llamado fructosa. Si bien es extraído del azúcar natural de las frutas, que es absolutamente sana, en el proceso se utiliza habitualmente un azúcar que se obtiene de procesar el maíz. Este tipo se llama jarabe de maíz alta fructosa y se abrevia como JMAF.
Esta fructosa no es detectada por el organismo, lo que alienta a que sigamos comiendo en la misma cantidad y calidad, como si no la hubiéramos ingerido, por lo que entre comida y bebida terminamos por absorber el “doble” de calorías.
Ésto no implica un riesgo si lo hiciéramos de vez en cuando, pero sí hay que activar una alarma si repetimos este hábito todos los días. Lo que se aconseja es no beber más de 1 vaso pequeño de gaseosas o reemplazarlas por las versiones dietéticas, también en pequeña cantidad. Pero sin dudas, lo mejor y más sano es que bebas agua.