HARINAS, ¿QUÉ PENSAMOS DE ELLAS Y QUÉ SON EN REALIDAD?

Todos sabemos que los alimentos son la fuente esencial de la que se nutre nuestro organismo para poder vivir.
Hay muchas maneras de clasificarlos, pero básicamente podemos separar sus nutrientes en dos grupos: los macronutrientes (hidratos de carbono, proteínas y grasas) y los micronutrientes (vitaminas y minerales).

La función más importante de los macronutrientes es la de otorgar la energía necesaria y los componentes que necesitan los distintos órganos y sistemas de nuestro cuerpo.

Sin embargo, existen enfoques errados que se hicieron masivos hoy en día, tales como: hay “nutrientes buenos” y “nutrientes malos”.

Quién no escuchó alguna vez, afirmaciones semejantes a éstas:

Me dijeron que hay que suprimir las harinas, que son dañinas y engordan.

Claro, tenemos que comer sólo proteínas.

Ni se te ocurra comer grasas: te enferman el corazón y te tapan las arterias.

No tomes leche porque en un determinado plazo se vuelve nociva.

Todos estos comentarios carecen absolutamente de rigor científico y no están avalados por estudios médicos serios.

En medicina, como en otras áreas de la ciencia, debemos tomar como válidas aquellas hipótesis que demuestren mediante pruebas científicas lo que sostienen.

Cuando recomendamos la importancia de reducir la sal para toda la población en la Argentina, lo hacemos porque se comprobó que el exceso de la misma es dañino para el corazón y los riñones, y puede producir hipertensión. Ésto conlleva a que el Ministerio de Salud realice campañas preventivas desde hace varios años.

Los seres humanos siempre tratamos de buscar explicaciones, lógicas o no, a nuestros males, pero no por eso debemos censurar a todos los alimentos.

El hombre primitivo era cazador y recolector, comiendo lo que encontraba en el camino: hojas, frutos, raíces, carnes; todo esto lo obligaba a caminar cerca de 20 km por día y regresar a las cavernas para compartirlos. En esa era de la vida prehistórica, cuando se acababan los alimentos, había que mudarse: éramos nómades.

El nacimiento de la agricultura, mediante el sembrado y la cosecha de cereales y granos, permitió lo que podríamos llamar el autoabastecimiento de alimentos, tanto para el hombre como para los animales. A partir de entonces comenzó también la ganadería. Esta nueva etapa da inicio a un cambio de hábito y nos convertimos en seres sedentarios.

El cultivo de estos cereales (trigo, avena, cebada, centeno, maíz) fue la primera base de energía en nuestra alimentación, tanto en su forma entera como molida (harinas). Posteriormente nace la panificación y elaboración de pastas como las conocemos hoy en día, traídas de Asia antigua a Europa por Marco Polo.

Entonces, es el simple sentido común que nos hace pensar que una alimentación milenaria de la que se nutrieron todos los pueblos por más de 7000 años antes de Cristo según nos revelan los estudios antropológicos, no puede ser tildada con soltura de nociva.

Y si tenemos en cuenta, como nos referíamos al inicio, de que no hay estudios calificados que lo demuestren, no hay motivo para demonizar a los cereales ni a sus derivados: harinas, panes y pastas.

Sólo vale aclarar que (como cualquier otro alimento) no debemos comerlos de manera desproporcionada, ni que sean nuestra única comida.

El consejo tan simple como cierto es: comamos de todo, cuánto más variado mejor y en la cantidad adecuada, ni más ni menos.