Mucho más que alimentos.

¿Cómo lograr que los chicos se alimenten sanamente fuera del ámbito familiar?

La alimentación y la salud estuvieron integradas desde la antigüedad.
Las culturas orientales y los indígenas usaban ciertos alimentos con fines medicinales. Esta disciplina se profundizó en la Edad Media con la aparición de libros que explicaban sus cualidades curativas. En los siglos siguientes, se siguieron investigando los efectos benéficos para la salud física y mental de ciertos alimentos y también como alternativas “naturales” a los medicamentos.

En la década del ´70, la principal preocupación nutricional era erradicar el hambre, entre los ´70 y los ´80, se comienza a investigar en seguridad e higiene alimentaria.
En los ´90 se empezaron a suprimir algunos alimentos por motivos de salud. Hoy, en la actualidad, se está avanzando en la prevención de enfermedades crónicas.

Es así como nacen, en Japón, los Alimentos Funcionales. Se trata de alimentos con efectos específicos sobre la salud, más allá de los efectos nutricionales per se.
Al tratarse de nuevas formulaciones, tanto en nuestro país como en el exterior, las autoridades de salud examinan las cualidades de los mismos.

Los Alimentos Funcionales tienen que demostrar efectos beneficiosos sobre algunas funciones específicas para el organismo, en cantidades que se puedan consumir habitualmente.

Los componentes principales de los alimentos funcionales son: probióticos, prebióticos, simbióticos, nutrientes y no nutrientes.

Repasemos en detalle de qué se trata cada grupo.

Los probióticos son microorganismos vivos que causan efectos positivos para la salud. Habitualmente se le adicionan a leche o yogur. Pueden ser conocidos o ser cepas nuevas (en este caso, se verifica su aprobación por parte del ANMAT).

Estas bacterias suelen ser de 3 tipos y se las conoce como BAL (Bacterias Ácido-Lácticas) y los productos de su fermentación.
Se utilizan alimentos lácteos con probióticos para ayudar a mejorar la inmunidad, regular diarreas o constipaciones, bajar el colesterol, prevenir la malabsorción de lactosa entre otros beneficios.

Los prebióticos son ingredientes de los alimentos que, ya en nuestro organismo, seleccionan qué bacterias beneficiosas se van a desarrollar en nuestro intestino. Los más conocidos son FOS (Fructooligosacáridos), GOS (galactooligosacaridos), inulina y lactulosa.

Además de ayudar al crecimiento de las bacterias buenas, aumentan la absorción de ciertos minerales como calcio, zinc, hierro, magnesio y, además, ayudan a bajar los lípidos sanguíneos.

Existe también la combinación de los probióticos con los prebióticos, que actúan en sinergia entre ellos para favorecer nuestra salud: se los denomina simbióticos.

Los alimentos funcionales llamados nutrientes son: el ácido fólico, las vitaminas C, E y B12 y ciertas grasas, que nos ayudan a prevenir anemias y a disminuir inflamaciones.
Los no nutrientes, como los polifenoles y los flavonoides, tienen propiedades antioxidantes y están presentes en vegetales y frutas, que debemos comer diariamente, preferentemente crudas.

Por lo tanto, los alimentos no son sólo alimentos (dar energía y componentes nutricionales) sino que además colaboran en prevenir algunas enfermedades y aliviar otras.

Dijo Hipócrates, 500 años antes de Cristo: “Que tu alimento sea tu medicina”. Siglos de estudios le siguen dando la razón.